El 7 de Octubre es la elección presidencial en Venezuela. Se trata de escoger entre dos alternativas políticas que ofrecen
propuestas completamente distintas de como solucionar los problemas del país. Puede argumentarse que cada bando quieren lo mismo: mejor calidad de vida para los ciudadanos y
acabar con la pobreza. La diferencia entre ellos son las
visiones irreconciliables del país que se tienen, que van desde el diagnóstico de los
problemas hasta el grupo de propuestas para solucionarlos.
No se trata pues, de una lucha entre “la ideología burguesa de la clase históricamente dominante, respaldada
por el imperialismo norteamericano” y “la continuidad de las ideas
bolivarianas, de construir una sociedad justa, igualitaria, democrática y
participativa que responda a los intereses de las grandes mayorías que
vivieron durante décadas privadas de sus derechos”. Nada más lejos que eso. Desechando las posturas histriónicas de la épica bolibananera, se trata de un proceso electoral en el que se elige entre dos visiones de país.
De acuerdo al discurso chavista, el origen de la pobreza y el subdesarrollo venezolano radica en el capitalismo, el imperialismo y en el servilisimo pro-yanqui de los partidos que gobernaron en el pasado. La solución a esto es la aniquilación del capitalismo mundial y el fin del imperio norteamericano, comenzando por los lacayos de esos oscuros intereses que habitan en el país. Mientras no se logren esos objetivos, no será posible acabar con la pobreza y lograr la paz y justicia social ni en el país ni en el mundo.
Pero la verdad es que esta escena sacada de los libretos de la izquierda radical de los sesenta es más apropiada para la época de la Guerra Fría que para estos tiempos modernos. De ese legado se alimenta ese grupo vetusto de líderes del chavismo, obsesionado con imitar proyectos colectivistas que ya fracasaron en la Unión Soviética y en Cuba. Peor aún, todo esto se entremezcla con conceptos propios del tercer mundo como la economía conuquera y la cultura del rancho. Es el "como vaya viniendo vamos viendo" de Eudomar Santos convertido en política de Estado, disimulada bajo un puñado de consignas populistas y revanchistas más propias de las montoneras que de un movimiento político serio.
Esta política "eudomariana" combinada con los delirios antiimperialistas explica cosas como el colapso de los sistemas eléctrico, sanitario y de transporte, la escasez de alimentos, medicamentos y otros bienes básicos como la vivienda, un sistema judicial y penitenciario que va en caída libre, así como la violencia, impunidad y corrupción en todos los niveles del Estado. Todos estas son tareas del Estado en las que el gobierno ha fracasado estrepitosamente.
El único gran éxito del gobierno ha sido el inventar excusas y acusar a enemigos reales o imaginarios. Iguanas, paracachitos, saboteadores que nunca se descubren, medios golpistas, Uribe, Obama y pare Ud. de contar. Si algo nunca hará falta resolver en este gobierno es la escasez de excusas y acusaciones, pues en eso destacan todos los Ministros y voceros del gobierno. Ministro de Energía Eléctrica? Excusas. Ministra de Prisiones? Excusas. Ministro de Interior y Justicia? Excusas y Ollas.
Si el país quiere echar para adelante, progresar como lo han hecho todos los países vecinos, será necesario dejar las excusas y reproches a un lado y buscar gente que si pueda resolver.El 7 de octubre hay que votar en contra de los mediocres que inventan excusas, de los ineptos que no resuelven sino que le echan la culpa a otros y a los improvisados que alardean de planes nacionales que no son más que fracaso.
Es hora de dejar a un lado los soldaditos de juguete y la guachafita de la revolución bolibananera. Es hora de actuar responsablemente y escoger a gente competente y responsable. O es que pensamos seguir 6 años más con gente de probada incompetencia como Jaua, Ramírez, El-Aissami y Varela manejando el país?
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jueves, 7 de junio de 2012
miércoles, 4 de marzo de 2009
¿Quién está atravesando qué cosa?
“A través del abismo.” Millones de venezolanos festejaron con alegría que se aprobara el contenido del referéndum constitucional del pasado quince de febrero. La reelección indefinida de varios puestos públicos permite, es una opinión, la continuación de un proceso de cambios sociales y políticos con los cuales están satisfechos. Millones de venezolanos se sintieron decepcionados y lamentaron que se aprobara el contenido del mismo referéndum. La reelección indefinida permite, es otra opinión, una reinterpretación constitucional que deshace cualquier garantía contra el anquilosamiento de puestos públicos, y por ende, las políticas que desde tales puestos se articulan. Asimismo, y más importantemente para dicha opinión, la continuación de una serie de cambios políticos y sociales con los cuales no están satisfechos, sobremanera porque ni se están llevando a cabo para ellos, ni se les ha tomado en cuenta sus opiniones al momento de articularlos.
Los millones que están felices y satisfechos llaman lo que sucede desde hace diez años una “revolución.” Los millones que están preocupados e insatisfechos llaman lo mismo un “deterioro de la democracia.” Son contados los momentos históricos venezolanos en que tantos han sentido de modo tan distinto un mismo evento político. Lo sobresaliente es que ambas multitudes, sin ironías, sin contradicciones, y sin retóricas, están en lo cierto.
El término “revolución” se emplea para indicar: 1. - un movimiento en órbita o alrededor de un centro o eje; 2. - un derribo, mediante el uso de fuerza, de un gobierno u orden social a favor de un sistema nuevo; 3. - como un concepto marxista, la lucha de clases que se espera llevará a un cambio político y el triunfo del comunismo. En este sentido, la “revolución socialista” propuesta por el presidente Chávez es tanto una continuación de su intento fallido de golpe de estado (nuestro 2), como el establecimiento de un cambio social y político (nuestro 3) que multitudes de venezolanos entienden como un ajuste a las desigualdades de clase existentes en nuestra sociedad y, asimismo, como una promesa de una sociedad mejor, más igualitaria y más participativa. El descontento que este modelo de sociedad crea entre aquellos que no sienten que sus condiciones han mejorado (sino, por el contrario, empeorado), o entre aquellos que han sido excluidos del mismo porque ven los apuros que resultan de participar en el mismo de un modo que no sea reflexivo y crítico, es lo que también hace que podamos considerar la “revolución” en términos de nuestro 1: como una mera inversión de las condiciones iniciales en las cuales se inició la “revolución.” Los millones de votos que solidarizaron con el referéndum, y los millones de votos que lo condenaron, evidencian cómo hoy en dia vivimos en un Venezuela psicótica, en la cual cada mitad de la población existe casi enajenada de la otra.
El deterioro de la democracia que existe en Venezuela no radica en el hecho que se intente llevar a cabo una “revolución.” Desde siempre, las “revoluciones” no ja sido más que la búsqueda de la articulación de reformas, pero de modo expedito, acelerado y que demanda inmediatez. Solamente el apuro por la velocidad es lo que diferencia los cambios “revolucionarios” de las reformas “liberales”, para bien y para mal. Otros cambios sociales y políticos profundos, caracterizados por la inmediatez, también han sido llamados “revoluciones”: de esta manera, hablamos de la “revolución” iniciada por Gandhi mediante su llamado a la “resistencia civil”, que concluyo en la independencia de India; de la “revolución sexual” en la década de los sesenta y setenta que libero a mujeres y homosexuales en muchas naciones; del revolucionario movimiento de “desobediencia civil” ante la segregación racial en los Estados Unidos o el “apartheid” en Sur África; entre otras tantas “revoluciones”.
Lo que separa a estas “revoluciones” de la “revolución” que desde diez años se da en Venezuela es que el resultado de las mismas no fue el conflicto y la insuperable fractura de las sociedades en las cuales se dieron. Por el contrario, estas “revoluciones” alcanzaron a establecer el respeto por los derechos sociales y políticos plenos de aquellos que otrora fueran excluidos y marginalizados, e incluso la creación de nuevos derechos basados en el respeto a la diferencia.
El deterioro de la democracia en Venezuela radica no solamente en la pérdida del respeto a la diferencia, o en la vulnerabilidad de derechos civiles y políticos, o en la imposición constante de reformas y plebiscitos, los cuales en muchas ocasiones se llevan a cabo sin contar siquiera con una discusión publica y critica, sino principalmente en una “revolución” que, año tras año, culminando en una década, se ha desacelerado hasta el punto de considerar irrelevante la exclusión de, persona más, persona menos, la mitad del país que desea renovar. Esta experiencia de sentirse sin casa estando en ella, de sentirse mudo aún teniendo voz, de sentirse como un extranjero ahora que “Venezuela es de todos,” es lo que expresa la metáfora que es título de este blog.
Atravesarlo este abismo dependerá no solamente de recuperar el hogar, asegurarse que se nos escucha, exigir que se nos reconozca como venezolanos también. Dependerá asimismo de entender por qué para la otra mitad ni existen abismos ni sombras, cómo es que la “revolución” sí ha sido capaz de procurarles cambios (quizás poquísimos, pero los suficientes para aceptarlos como mejoras) que no se reducen meramente a “bozales de arepas”, sino que consisten de una novedosa inclusión social y política, el delirante sentimiento de estar participando en la mismísima Historia (sin dudas, una visión hiperbolizado en los movimientos marxistas y socialistas, pero característico de todos los movimientos políticos en realidad), y la preocupación incesante por el hecho que si la “revolución” cesara, las condiciones sociales y políticas de ahora volverían a las iniciales, a aquellas existentes antes de la “revolución”, donde quiénes atravesaban el abismo eran ellos.
Atravesar el abismo, pues, es tanto acepar el deterioro de la democracia en Venezuela había comenzado antes de la “revolución” (que la dichosa “revolución”, cambiándolo todo sin cambiarlo en realidad, solamente puso los abismos en evidencia), como aceptar el imperativo de divisar modos de constituir una nueva democracia venezolana que no solamente incluya a todos, sino que les brinde a todos la oportunidad de entender que el horizonte hacia el cual nos encaminamos como nación es, y necesitar ser siempre, un horizonte común. De lo contrario, solamente nos limitaremos a continuar atravesando abismos.
Los millones que están felices y satisfechos llaman lo que sucede desde hace diez años una “revolución.” Los millones que están preocupados e insatisfechos llaman lo mismo un “deterioro de la democracia.” Son contados los momentos históricos venezolanos en que tantos han sentido de modo tan distinto un mismo evento político. Lo sobresaliente es que ambas multitudes, sin ironías, sin contradicciones, y sin retóricas, están en lo cierto.
El término “revolución” se emplea para indicar: 1. - un movimiento en órbita o alrededor de un centro o eje; 2. - un derribo, mediante el uso de fuerza, de un gobierno u orden social a favor de un sistema nuevo; 3. - como un concepto marxista, la lucha de clases que se espera llevará a un cambio político y el triunfo del comunismo. En este sentido, la “revolución socialista” propuesta por el presidente Chávez es tanto una continuación de su intento fallido de golpe de estado (nuestro 2), como el establecimiento de un cambio social y político (nuestro 3) que multitudes de venezolanos entienden como un ajuste a las desigualdades de clase existentes en nuestra sociedad y, asimismo, como una promesa de una sociedad mejor, más igualitaria y más participativa. El descontento que este modelo de sociedad crea entre aquellos que no sienten que sus condiciones han mejorado (sino, por el contrario, empeorado), o entre aquellos que han sido excluidos del mismo porque ven los apuros que resultan de participar en el mismo de un modo que no sea reflexivo y crítico, es lo que también hace que podamos considerar la “revolución” en términos de nuestro 1: como una mera inversión de las condiciones iniciales en las cuales se inició la “revolución.” Los millones de votos que solidarizaron con el referéndum, y los millones de votos que lo condenaron, evidencian cómo hoy en dia vivimos en un Venezuela psicótica, en la cual cada mitad de la población existe casi enajenada de la otra.
El deterioro de la democracia que existe en Venezuela no radica en el hecho que se intente llevar a cabo una “revolución.” Desde siempre, las “revoluciones” no ja sido más que la búsqueda de la articulación de reformas, pero de modo expedito, acelerado y que demanda inmediatez. Solamente el apuro por la velocidad es lo que diferencia los cambios “revolucionarios” de las reformas “liberales”, para bien y para mal. Otros cambios sociales y políticos profundos, caracterizados por la inmediatez, también han sido llamados “revoluciones”: de esta manera, hablamos de la “revolución” iniciada por Gandhi mediante su llamado a la “resistencia civil”, que concluyo en la independencia de India; de la “revolución sexual” en la década de los sesenta y setenta que libero a mujeres y homosexuales en muchas naciones; del revolucionario movimiento de “desobediencia civil” ante la segregación racial en los Estados Unidos o el “apartheid” en Sur África; entre otras tantas “revoluciones”.
Lo que separa a estas “revoluciones” de la “revolución” que desde diez años se da en Venezuela es que el resultado de las mismas no fue el conflicto y la insuperable fractura de las sociedades en las cuales se dieron. Por el contrario, estas “revoluciones” alcanzaron a establecer el respeto por los derechos sociales y políticos plenos de aquellos que otrora fueran excluidos y marginalizados, e incluso la creación de nuevos derechos basados en el respeto a la diferencia.
El deterioro de la democracia en Venezuela radica no solamente en la pérdida del respeto a la diferencia, o en la vulnerabilidad de derechos civiles y políticos, o en la imposición constante de reformas y plebiscitos, los cuales en muchas ocasiones se llevan a cabo sin contar siquiera con una discusión publica y critica, sino principalmente en una “revolución” que, año tras año, culminando en una década, se ha desacelerado hasta el punto de considerar irrelevante la exclusión de, persona más, persona menos, la mitad del país que desea renovar. Esta experiencia de sentirse sin casa estando en ella, de sentirse mudo aún teniendo voz, de sentirse como un extranjero ahora que “Venezuela es de todos,” es lo que expresa la metáfora que es título de este blog.
Atravesarlo este abismo dependerá no solamente de recuperar el hogar, asegurarse que se nos escucha, exigir que se nos reconozca como venezolanos también. Dependerá asimismo de entender por qué para la otra mitad ni existen abismos ni sombras, cómo es que la “revolución” sí ha sido capaz de procurarles cambios (quizás poquísimos, pero los suficientes para aceptarlos como mejoras) que no se reducen meramente a “bozales de arepas”, sino que consisten de una novedosa inclusión social y política, el delirante sentimiento de estar participando en la mismísima Historia (sin dudas, una visión hiperbolizado en los movimientos marxistas y socialistas, pero característico de todos los movimientos políticos en realidad), y la preocupación incesante por el hecho que si la “revolución” cesara, las condiciones sociales y políticas de ahora volverían a las iniciales, a aquellas existentes antes de la “revolución”, donde quiénes atravesaban el abismo eran ellos.
Atravesar el abismo, pues, es tanto acepar el deterioro de la democracia en Venezuela había comenzado antes de la “revolución” (que la dichosa “revolución”, cambiándolo todo sin cambiarlo en realidad, solamente puso los abismos en evidencia), como aceptar el imperativo de divisar modos de constituir una nueva democracia venezolana que no solamente incluya a todos, sino que les brinde a todos la oportunidad de entender que el horizonte hacia el cual nos encaminamos como nación es, y necesitar ser siempre, un horizonte común. De lo contrario, solamente nos limitaremos a continuar atravesando abismos.
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