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lunes, 27 de febrero de 2012

después de Chávez, el diluvio?

A pesar de la incertidumbre sobre el estado de salud de Chávez, el chavismo parece no tener otra carta que jugarse en las elecciones presidenciales, por lo que tratarán de presentar a Chávez - aunque sea un Chávez moribundo - como el único capaz de garantizar la paz en un país al borde de un estallido social.

No se puede negar que la tensión social presente en el país es preocupante. Se ven invasiones a diario, protestas de todo género, organizaciones criminales que actúan impunemente y otro sinfin de situaciones que incrementan la desconfianza entre los ciudadanos, lo que unido al colapso de las instituciones del estado, representa un caldo de cultivo propicio para el caos y la inestabilidad social. A pesar de que todos estos problemas representan una seria amenaza al tejido social, también es cierto que estos problemas se agravan por la insensata acción del gobierno actual.

Aquella tesis del chavismo según la cual los desposeídos tienen derecho a tomar por la fuerza aquello que no tienen, así sea en perjuicio de otro, no hace sino agravar la situación. Así se venden como actos de reinvindicación social a las invasiones de terrenos y las expropiaciones de empresas, aunque nadie se beneficie con ellas. Cemex, Sidor, Agroisleña y un largo etcétera forman parte de esa lista de expropiaciones en las que ni el dueño, ni los empleados, ni los clientes le han visto el queso a la tostada. De esta manera se incrementa la inseguridad jurídica, el desempleo, la escasez y el desasosiego en los ciudadanos.

Pero, es posible una guerra civil? Difícilmente. La realidad es que a pesar de la crisis social que existe en el país, la posibilidad de una guerra civil es remota. Una guerra civil sólo existe en la imaginación enfermiza de una élite corrupta que tiene temor a perder sus privilegios. La gente común no está dispuesta a jugarse la vida. La gente común sólo quiere soluciones a sus problemas.

Contar con un gobierno que comprenda que el estado no es un instrumento para la venganza sino un espacio para la resolución de conflictos entre los diversos sectores de la sociedad será de gran ayuda en el proceso de apaciguamiento de las tensiones sociales que existen en nuestra sociedad. Ese es el auténtico camino a la paz que tanto anhelamos los venezolanos.

sábado, 14 de mayo de 2011

el Taita-Estado

Cuál es el papel que debe tener el Estado en nuestro presente y en el futuro de Venezuela?

Es
obvio que la visión
totalitaria chavista del Estado es excesiva, pero fuera de esa posición radical, todavía existe todo un espectro de pensamiento político. ¿Deseamos un Estado libertario, uno liberal, uno de bienestar (welfare)? ¿Debe el estado un benefactor social, uno que se ocupa del ciudadano desde el vientre hasta la tumba?

¿Cuál es la posición de los actores políticos sobre el papel del Estado en Venezuela? ¿No debería ser el estado algo más que la máquina que distribuye petrodólares que es hoy en día? ¿No deberíamos revisar eso? No deberíamos buscar alternativas?

Rescato de un artículo de opinión algo que me pareció interesante: "... el Estado es la encarnación institucional de nuestra unidad y solidaridad como pueblo ... pero también es una institución expresiva que afirma y encarna los ideales de igualdad y respeto mutuo mediante la entrega de bienes que deriva del mandato de la voluntad colectiva" [1].

¿No deberían nuestros políticos y nuestros intelectuales discutir temas como este? Todos estamos de acuerdo que parte de nuestro fracaso como nación se deriva de esa visión compartida que tenemos del Estado paternalista que debe darnos todo lo que queremos, es decir, el Estado como encarnación - o sustitución - del caudillo, el Taita-Estado.

¿No es eso parte del problema que debe estar tratando de resolver? No deberíamos definir un nuevo tipo de Estado que sustituya a este Taita-Estado?

[1] http://www.economist.com/blogs/democracyinamerica/2011/04/sacred_and_profane

viernes, 22 de abril de 2011

Garantizar la salud en Venezuela

Paul Krugman en un artículo publicado enThe New York Times [1] ha tocado un tema de gran interés: la siempre difícil relación entre el estado y el sector salud. Si bien el artículo se concentra en el debate que se lleva a cabo sobre las reformas del sistema de salud en EEUU, el artículo presenta un argumento interesante: el paciente no puede ser visto como un consumidor más.

La medicina no es otro artículo de consumo más. Cuando uno está enfermo, no se puede escoger comprar o no comprar un tratamiento médico. En otras palabras, no es una transacción comercial más, como lo verían muchos libertarios.

Uno de los argumentos que Krugman esgrime es el desequilibrio informativo entre médico y paciente. El médico maneja una cantidad de información que el paciente desconoce. Si bien es cierto que el médico puede dar opciones al paciente, sucede como en muchas cosas en la vida: la elección real no es de quien elige, sino de quien presenta las alternativas. Y si bien es cierto que el juramento hipocrático compromete a los médicos a los caminos de la rectitud, también es cierto que siempre hay manzanas podridas y áreas grises en la realidad.

Por ese motivo es que se presta tanta rigurosidad en la práctica médica, que es supervisada de cerca por el aparato estatal. Por ese motivo es que se concibe el sistema de salud pública como medio para eliminar o reducir las tentaciones de los médicos al enriquecimiento fácil y a prácticas poco transparentes. El problema es que, lamentablemente, esta solución trae consigo su propio cúmulo de problemas, siendo el más común de todos, el financiamiento y control de costos del sistema de salud público.

Y ese es justamente el principal argumento de los detractores del sistema de salud público: existe una diferencia significativa entre el deber ser y el es del sistema de salud público, una diferencia que no justifica los elevados costos del mismo. Ese es uno de los tantos argumentos presentados en un artículo en The Economist que crítica la posición de Krugman [2]:

"... el estado es la encarnación institucional de nuestra unidad y solidaridad como pueblo. Una función del gobierno es la distribución de bienestar, sin lugar a dudas. Pero tambiñen es una institución expresiva que afirma y encarna los ideales de igualdad y respeto mutuo al distribuir el bienestar como mandato de la voluntad colectiva. Si los pacientes no son consumidores, entonces que son? Ciudadanos libres e iguales que reciben lo que les corresponde.

Es una imagen hermosa, pero también tiene sus problemas. [...]. Las políticas que expresan publicamente buena voluntad y respeto mutuo - que difunden la idea de que nos preocupamos por el otro - no son normalmente las políticas que logran este objetivo - son las políticas que logran resultados en lugar de preocuparse por demostrar que te preocupan los demás"

A pesar del tono libertario y liberal del artículo, creo que su conclusión es válida y bastante neutra: En la cuestión del papel del estado dentro del sistema de salud, las decisiones no deben ser tomadas basándose exclusivamente en una teología del Estado o del Libre Mercado. No se debe creer que el Estado o el Libre Mercado son la solución a los problemas que se presentan.

Cómo siempre, las decisiones sobre que es lo mejor para el caso venezolano debe basarse en las experiencias acumuladas en nuestro país y en las recomendaciones de las personas que conocen el sistema.

[1] http://www.nytimes.com/2011/04/22/opinion/22krugman.html
[2] http://www.economist.com/blogs/democracyinamerica/2011/04/sacred_and_profane

jueves, 9 de abril de 2009

estado, éxodo y redención

Quien haya vivido en Venezuela sabe la sensación de impotencia que puede embargar a cualquier persona al momento de acometer hasta la más simple tarea que requiera el trato con el estado.

La cosa es peor aún cuando se busca la protección del estado ante la violencia o el atropello de los derechos humanos y ciudadanos. Linchamientos, ajusticiamientos o el sicariato son síntomas de un estado que es incapaz de responder hasta a las necesidades más elementales del ciudadano.

Frustración. Enojo. O en nuestra jerga: Arrechera.

No es nuevo. Esa sensación de abandono del ciudadano, de distanciamiento entre el estado y el venezolano ha ido creciendo desde la instalación de nuestro sistema democrático vigente. Su manifestación más evidente se produce en el año 1989, cuando una serie de medidas necesarias, pero dolorosas fueron tomadas sin que el estado pudiera comprender lo que venía sucediendo en las calles.

El Chávez que se revela en 1992 contra el gobierno venezolano no tarda demasiado en ser proclamado como el redentor que nos liberaría del estado opresor e indiferente que nos había abandonado. Apenas 7 años después se convertiría en Presidente.

Chávez trata de cerrar esa brecha entre estado y ciudadanos mediante la creación de las misiones o programas sociales. Pero esto se logra a un precio elevado, pues al prescindir de la burocracia y sus controles, se abren las puertas al omnipresente monstruo de la corrupción.

A pesar de las evidencias de corrupción, este redentor es uno que cree que por atajos se llegará a la tierra prometida. Nuestra meta debería ser un estado cercano y que responda a los ciudadanos. Lamentablemente, en la labor de estado los atajos terminan llevando a los países al fondo del precipicio, lugar del que luego es difícil salir.

Es necesaria la transformación del estado. Pero ese nuevo estado debe nacer del consenso de todos los ciudadanos. Cuando la transformación sólo atiende a los intereses de una mayoría electoral (los 6 millones de votos obtenidos por Chávez es sólo una quinta parte de la población del país), entonces sólo se puede hablar de una tiranía de la mayoría.

El concepto bíblico del redentor es una idea que deberíamos desterrar de forma definitiva de nuestro bestiario político. En vez de esperar por él, podríamos reflexionar y reflejarnos en la historia del Éxodo: al pueblo de Israel le tomó 40 años atravesar el desierto y llegar a la tierra prometida. Nosotros llevamos 50 años atravesando el desierto en búsqueda de nuestra tierra prometida. Más aún, no estamos seguro de que llegaremos pronto. Ante tanta incertidumbre, es natural que se pierda la fé y se venere al falso idolo, al caudillo de oro. Pero luego de la bacanal despertaremos y reconoceremos nuestros errores. Al final, recobraremos la sensatez.

La tierra prometida quizás no exista, pero esto no debe ser motivo para no seguirla buscando. Debemos trabajar unidos para llegar a ella, para construirla. Como venezolanos, no tenemos otra alternativa. Es el único hogar que tenemos.