Parece que este gobierno se olvidó que el gobernar es procurar el bienestar de personas de carne y hueso, con aspiraciones y necesidades, pero también con talentos y capacidades.
No se trata de liberar a masas explotadas, a gente oprimida o a víctimas del colonialismo, de la globalización o del maldito imperio. Se trata de atender las demandas de personas que quieren un trabajo, una buena educación para sus hijos, un plato de comida sobre la mesa y un techo seguro sobre sus cabezas.
A esta gente que carajo le importa la fulana "democratización del espectro radioeléctrico"? A ellos lo que les importa es que a partir de ahora no van a poder escuchar los programas que ellos querían oir. A ellos les importa que en octubre próximo no van a poder ver escuchar el partido de beisbol porque a algún huevón se le ocurrió que eso no importaba y que el beisbol es imperialista y alienante y quien sabe que otra pendejada.
Los medios no son responsables de la inflación, de la crisis económica de las protestas de obreros
Los medios cumplen su función como siempre lo han hecho en Venezuela: demandar de nuestros gobernantes una labor transparente y que satisfaga nuestras necesidades. El único problema es la hipersensibilidad de este gobierno a la crítica y la superlativa incompetencia de sus integrantes para resolver nuestros problemas más urgentes.
Pero cada ladrón juzga por su condición. Como el gobierno ve a los medios como instrumentos de manipulación y propaganda, no puede sino pensar que todos hacen lo mismo. Típico pensamiento de los gobiernos totalitarios.
Sin prensa libre, no hay posibilidad de que la democracia funcione. Es necesario que los medios hablen, cuestionen y critiquen al gobierno y a los políticos, que desnuden al rey y ventilen lo que se oculta detrás de las cortinas de palacio. De allí viene el aire que impide que la podredumbre se estanque en los pasillos del poder.
martes, 4 de agosto de 2009
lunes, 3 de agosto de 2009
desatinos y la libertad de expresión
"Creo que el nivel de libertad de expresión es satisfactorio" [1].
Otra frase del ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación, que bien podría pasar a la posteridad, de no ser que existen en su desafortunada carrera docenas de torpezas de calibre semejante.
Pero esta frase - más allá de la indignación que pueda causar, debe ser entendida dentro del contexto. Desatinos pocas horas antes firmaba acuerdos económicos que beneficiaban a España y a sus empresarios. Y es que mientras no se toquen los intereses económicos de las empresas españolas, poco importa lo que suceda aquí. Esto no es ninguna sorpresa para nadie, pero igual ofende la inteligencia. Bien dicen por allí: los países no tienen amigos, sino intereses.
Y qué mejor replica al "por qué no te callas?" espetado por el rey Juan Carlos que silenciarlo con un bozal de petróleo a precios de descuento? Como si España fuera uno de esos países del Caribe urgidos de ayuda económica del gran benefactor, se dedica a vender el "certificado de país democrático" a muy buen precio. Dinero por acá, dinero por allá, y aquí no pasa nada.
En Venezuela hay libertad de expresión a pesar de los esfuerzos del gobierno venezolano por aniquilarla. Y es que quienes siguen alzando su voz contra el régimen venezolano lo hacen sin ninguna garantía de que se respeten sus derechos, como lo demuestran los casos de Patricia Poleo, Jose Rafael Ramírez y Óscar Azocar, exiliada la primera y en cárcel los otros por falsas acusasiones y un sistema de justicia que mal merece su nombre. O el caso de Orel Sambrano, asesinado por un sicario por sus consecuentes denuncias en contra del narcotráfico. O las acusasiones contra Rafael Poleo (y el programa Aló ciudadano) por atreverse a pronosticar un futuro semejante al de Mussolini para el presidente si no cambiaba su línea de conducta.
Y no podemos dejar de mencionar por supuesto el caso RCTV, canal al cual el Tribunal Supremo de Justicia le arrebató sus equipos de transmisión violando los principios más elementales de propiedad privada, o las decenas de emisoras que han sido clausuradas y serán clausuradas en los días por venir.
Y todos saben perfectamente que la única y principal razón para clausurarlas es que sus denuncias y críticas al gobierno incomodan al régimen. Porque nada se hace contra las decenas, o tal vez cientos, de emisoras piratas que funcionan a lo ancho y largo del país, pero que llenan su programación con retransmisiones de discursos del comandante-presidente o propaganda pro-gobierno. Todos saben perfectamente que estas emisoras no cerrarían si tuvieran una programación que endulzara el oído del régimen.
Y es que no hay libertad de expresión porque el gobierno sea democrático, sino porque el gobierno no ha podido, a pesar de todas las truculencias legales a las que recurre, silenciar la creciente insatisfacción ciudadana causada por su pobre desempeño. La ley resorte, la no renovación de las concesiones a medios de acuerdo a lineamientos puramente políticos, la eliminación de publicidad de entes estatales en medios con líneas editoriales críticas y la clausura de emisoras bajo argumentos insostenibles son sólo parte de la campaña sistemática para evitar que los medios cumplan con su labor informativa.
El último clavo del ataúd de la libertad de expresión es la ley de delitos mediáticos, que convierte en crimen cualquier opinión o comentario que sea emitido a través de un medio de comunicación y que que el régimen pueda considerar desagradable. Porque si bien la propuesta no lo dice de forma clara y directa, la decisión de cuales opiniones o noticias atentan contra la "seguridad de la nación" y del "bienestar social" depende de la opinión personalísima del funcionario sobre quien trate la información o del gendarme de turno.
En pocas palabras: si el funcionario se siente ofendido, independientemente de si la información emitida es verdadera o falsa, puede alegar que la información atenta contra la seguridad del estado o la paz social y los jueces y fiscales leales al gobierno tomarán esto como base suficiente para emprender acciones legales contra la persona que dió la información y enviarla a la cárcel.
La libertad de expresión de todos no puede depender de criterios tan vagos y abstractos como "seguridad del estado" o la "paz social". Es mejor correr el riesgo de que se abuse de la libertad de expresión que correr el riesgo de aniquilarla totalmente.
[1] http://www.elpais.com/articulo/espana/Hay/buscar/solucion/Gibraltar/satisfactoria/todos/elpepiesp/20090802elpepinac_12/Tes
Otra frase del ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación, que bien podría pasar a la posteridad, de no ser que existen en su desafortunada carrera docenas de torpezas de calibre semejante.
Pero esta frase - más allá de la indignación que pueda causar, debe ser entendida dentro del contexto. Desatinos pocas horas antes firmaba acuerdos económicos que beneficiaban a España y a sus empresarios. Y es que mientras no se toquen los intereses económicos de las empresas españolas, poco importa lo que suceda aquí. Esto no es ninguna sorpresa para nadie, pero igual ofende la inteligencia. Bien dicen por allí: los países no tienen amigos, sino intereses.
Y qué mejor replica al "por qué no te callas?" espetado por el rey Juan Carlos que silenciarlo con un bozal de petróleo a precios de descuento? Como si España fuera uno de esos países del Caribe urgidos de ayuda económica del gran benefactor, se dedica a vender el "certificado de país democrático" a muy buen precio. Dinero por acá, dinero por allá, y aquí no pasa nada.
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En Venezuela hay libertad de expresión a pesar de los esfuerzos del gobierno venezolano por aniquilarla. Y es que quienes siguen alzando su voz contra el régimen venezolano lo hacen sin ninguna garantía de que se respeten sus derechos, como lo demuestran los casos de Patricia Poleo, Jose Rafael Ramírez y Óscar Azocar, exiliada la primera y en cárcel los otros por falsas acusasiones y un sistema de justicia que mal merece su nombre. O el caso de Orel Sambrano, asesinado por un sicario por sus consecuentes denuncias en contra del narcotráfico. O las acusasiones contra Rafael Poleo (y el programa Aló ciudadano) por atreverse a pronosticar un futuro semejante al de Mussolini para el presidente si no cambiaba su línea de conducta.
Y no podemos dejar de mencionar por supuesto el caso RCTV, canal al cual el Tribunal Supremo de Justicia le arrebató sus equipos de transmisión violando los principios más elementales de propiedad privada, o las decenas de emisoras que han sido clausuradas y serán clausuradas en los días por venir.
Y todos saben perfectamente que la única y principal razón para clausurarlas es que sus denuncias y críticas al gobierno incomodan al régimen. Porque nada se hace contra las decenas, o tal vez cientos, de emisoras piratas que funcionan a lo ancho y largo del país, pero que llenan su programación con retransmisiones de discursos del comandante-presidente o propaganda pro-gobierno. Todos saben perfectamente que estas emisoras no cerrarían si tuvieran una programación que endulzara el oído del régimen.
Y es que no hay libertad de expresión porque el gobierno sea democrático, sino porque el gobierno no ha podido, a pesar de todas las truculencias legales a las que recurre, silenciar la creciente insatisfacción ciudadana causada por su pobre desempeño. La ley resorte, la no renovación de las concesiones a medios de acuerdo a lineamientos puramente políticos, la eliminación de publicidad de entes estatales en medios con líneas editoriales críticas y la clausura de emisoras bajo argumentos insostenibles son sólo parte de la campaña sistemática para evitar que los medios cumplan con su labor informativa.
El último clavo del ataúd de la libertad de expresión es la ley de delitos mediáticos, que convierte en crimen cualquier opinión o comentario que sea emitido a través de un medio de comunicación y que que el régimen pueda considerar desagradable. Porque si bien la propuesta no lo dice de forma clara y directa, la decisión de cuales opiniones o noticias atentan contra la "seguridad de la nación" y del "bienestar social" depende de la opinión personalísima del funcionario sobre quien trate la información o del gendarme de turno.
En pocas palabras: si el funcionario se siente ofendido, independientemente de si la información emitida es verdadera o falsa, puede alegar que la información atenta contra la seguridad del estado o la paz social y los jueces y fiscales leales al gobierno tomarán esto como base suficiente para emprender acciones legales contra la persona que dió la información y enviarla a la cárcel.
La libertad de expresión de todos no puede depender de criterios tan vagos y abstractos como "seguridad del estado" o la "paz social". Es mejor correr el riesgo de que se abuse de la libertad de expresión que correr el riesgo de aniquilarla totalmente.
[1] http://www.elpais.com/articulo/espana/Hay/buscar/solucion/Gibraltar/satisfactoria/todos/elpepiesp/20090802elpepinac_12/Tes
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domingo, 12 de julio de 2009
Honduras y la democracia en latinoamérica
Ha transcurrido ya un mes desde la destitución del presidente Zelaya en Honduras. Todas las figuras políticas, instituciones e intelectuales no han perdido tiempo en fijar posición y criticar el golpe de estado y la expulsión del presidente Zelaya a Costa Rica.
Todos califican al golpe de estado como antidemocrático. Algunos lo hacen de forma altisonante, otros no tanto. Se dice que ha sido un atentado contra la democracia. Un hecho violento que no tiene justificación. Un retroceso a los peores tiempos en la historia del continente. En pocas palabras, todos tratan de cubrirse las espaldas.
Admito que toda la situación luce antidemocrática. Lo correcto habría sido proceder a la destitución del presidente y su posterior enjuiciamiento. Existe abundante evidencia en contra de Zelaya como para hacerlo. Así funcionan las cosas, en teoría, en un sistema democrático. El problema es que el presidente Zelaya es cualquier cosa menos un demócrata a carta cabal.
Qué hacer con un presidente que está dispuesto a todo - incluso el uso de la violencia y la intervención de un gobierno extranjero - para salirse con la suya? Si el presidente Zelaya estuvo dispuesto a recurrir a grupos violentos para ingresar a una base militar y recuperar material para un referendo ilegal, que no estaría dispuesto a hacer para no ser destituido? No se trata pues, de la destitución de un demócrata, sino de un aspirante a dictador.
La solución a la que recurrieron los otros poderes constituidos - el legislativo y el judicial - fue sacarlo del país y proceder a solucionar el problema una vez removido el factor de perturbación. Y es que todos coinciden en que los militares actuaron bajo órdenes del poder judicial. Qué no fue una solución elegante o limpia? Definitivamente no lo fue. Y Honduras pagará las consecuencias de no cuidar las formas: los meses por venir no serán sencillos. Pero los riesgos que implicaba la alternativa - destitución y un posible conflicto armado - no habría sido mucho mejor.
Entiendo la preocupación internacional por guardar las apariencias. Se debe tratar de conseguir una solución concertada que lave la cara a Honduras, pero no se puede ignorar el hecho de que el ex-presidente Zelaya no fue removido - como recientemente oí decir al presidente Oscar Arias - por que se trataba de una figura impopular o incómoda, sino por atentar contra los principios democráticos consagrados en la constitución de Honduras. Parece contradictorio insistir en restituir a Zelaya en la presidencia mientras el siga proclamando que hará todo lo posible por irrespetar las leyes de su país.
Sin lugar a dudas, el apoyo internacional al presidente Zelaya no puede ser incondicional, sino condicionado al respeto de las normar democráticas que el tanto insiste en ignorar.
Todos califican al golpe de estado como antidemocrático. Algunos lo hacen de forma altisonante, otros no tanto. Se dice que ha sido un atentado contra la democracia. Un hecho violento que no tiene justificación. Un retroceso a los peores tiempos en la historia del continente. En pocas palabras, todos tratan de cubrirse las espaldas.
Admito que toda la situación luce antidemocrática. Lo correcto habría sido proceder a la destitución del presidente y su posterior enjuiciamiento. Existe abundante evidencia en contra de Zelaya como para hacerlo. Así funcionan las cosas, en teoría, en un sistema democrático. El problema es que el presidente Zelaya es cualquier cosa menos un demócrata a carta cabal.
Qué hacer con un presidente que está dispuesto a todo - incluso el uso de la violencia y la intervención de un gobierno extranjero - para salirse con la suya? Si el presidente Zelaya estuvo dispuesto a recurrir a grupos violentos para ingresar a una base militar y recuperar material para un referendo ilegal, que no estaría dispuesto a hacer para no ser destituido? No se trata pues, de la destitución de un demócrata, sino de un aspirante a dictador.
La solución a la que recurrieron los otros poderes constituidos - el legislativo y el judicial - fue sacarlo del país y proceder a solucionar el problema una vez removido el factor de perturbación. Y es que todos coinciden en que los militares actuaron bajo órdenes del poder judicial. Qué no fue una solución elegante o limpia? Definitivamente no lo fue. Y Honduras pagará las consecuencias de no cuidar las formas: los meses por venir no serán sencillos. Pero los riesgos que implicaba la alternativa - destitución y un posible conflicto armado - no habría sido mucho mejor.
Entiendo la preocupación internacional por guardar las apariencias. Se debe tratar de conseguir una solución concertada que lave la cara a Honduras, pero no se puede ignorar el hecho de que el ex-presidente Zelaya no fue removido - como recientemente oí decir al presidente Oscar Arias - por que se trataba de una figura impopular o incómoda, sino por atentar contra los principios democráticos consagrados en la constitución de Honduras. Parece contradictorio insistir en restituir a Zelaya en la presidencia mientras el siga proclamando que hará todo lo posible por irrespetar las leyes de su país.
Sin lugar a dudas, el apoyo internacional al presidente Zelaya no puede ser incondicional, sino condicionado al respeto de las normar democráticas que el tanto insiste en ignorar.
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La situación en Honduras, así como en Bolivia, Venezuela y Ecuador, debe servir para abrir un debate sobre el significado real y los peligros que afronta la democracia en latinoamérica en el siglo XXI, una época en que las dictaduras militares del siglo XX parecen haber quedado en el pasado, pero nuevas formas de gobiernos populistas parecen aprovechar las debilidades del sistema democrático para perpetuar en el poder a autocratas carismáticos.
viernes, 5 de junio de 2009
el chavismo es necesario?
Las causas que dieron origen al chavismo siguen presentes luego de diez años: pobreza, exclusión e incapacidad del gobierno para responder a las demandas de educación, salud y seguridad de la población.
El chavismo es un movimiento populista que nace como respuesta al incipiente elitismo que se originaba durante las décadas de los 80 y 90 producto de la distribución desequilibrada de los recursos de la renta petrolera. El chavismo no es otra cosa que una necesidad de la sociedad para responder a una percepción - real o imaginaria - de que el sistema político y social del país estaba en decadencia.
El problema no es la existencia del chavismo. El chavismo es un mecanismo que ha permitido a los grupos excluidos de los estratos sociales mas desfavorecidos expresarse y defender sus intereses. El problema es que esta vía de expresión no ha permitido - más allá de lo que diga la propaganda gubernamental - responder a las necesidades reales de este sector de la población.
En lugar de dedicarse a mejorar las condiciones de hospitales y escuelas públicas, de reducir la excesiva burocracia, luchar contra la corrupción o humanizar los cuerpos de seguridad del estado, ha desperdiciado los últimos 10 años en innecesarias confrontaciones políticas y en el establecimiento de un proyecto político internacional que no resuelve nuestros problemas.
Entiendo la tentación de hacer tábula rasa con la política nacional, el deseo de refundar un nuevo sistema político, un nuevo país, ignorando las lecciones que debemos aprender. Porque el chavismo es una realidad que no desaparecerá de la noche a la mañana, así como no se pueden borrar los cuarenta años de democracia previos.
Partiendo de esta realidad, es necesario que el chavismo se convierta en un movimiento político efectivo, no efectista. Un movimiento que responda a las necesidades reales de la población y no a necesidades creadas por sus líderes. Porque el chavismo que existe hoy en día no es de ninguna utilidad a nadie salvo a las nuevas élites que disfrutan de las mieles del poder. Es necesario que el chavismo que realmente representa las necesidades de la población dé un paso al frente y deje a un lado a los grupos con ambiciones hegemónicas que pretenden negar los derechos de la otra mitad del país.
Así mismo, es necesario que la oposición madure, que desarrolle una visión política propia, que sea más que una emulación del chavismo. Una visión de país que permita la elaboración de una propuesta que responda a las demandas de la población.
La política no puede limitarse a una competencia en la que unos se conforman con ser menos malos que la competencia. Debe ser una lucha por tratar de llevar las mejores ideas - y personas - a las posiciones de liderazgo de nuestro país.
El chavismo es un movimiento populista que nace como respuesta al incipiente elitismo que se originaba durante las décadas de los 80 y 90 producto de la distribución desequilibrada de los recursos de la renta petrolera. El chavismo no es otra cosa que una necesidad de la sociedad para responder a una percepción - real o imaginaria - de que el sistema político y social del país estaba en decadencia.
El problema no es la existencia del chavismo. El chavismo es un mecanismo que ha permitido a los grupos excluidos de los estratos sociales mas desfavorecidos expresarse y defender sus intereses. El problema es que esta vía de expresión no ha permitido - más allá de lo que diga la propaganda gubernamental - responder a las necesidades reales de este sector de la población.
En lugar de dedicarse a mejorar las condiciones de hospitales y escuelas públicas, de reducir la excesiva burocracia, luchar contra la corrupción o humanizar los cuerpos de seguridad del estado, ha desperdiciado los últimos 10 años en innecesarias confrontaciones políticas y en el establecimiento de un proyecto político internacional que no resuelve nuestros problemas.
Entiendo la tentación de hacer tábula rasa con la política nacional, el deseo de refundar un nuevo sistema político, un nuevo país, ignorando las lecciones que debemos aprender. Porque el chavismo es una realidad que no desaparecerá de la noche a la mañana, así como no se pueden borrar los cuarenta años de democracia previos.
Partiendo de esta realidad, es necesario que el chavismo se convierta en un movimiento político efectivo, no efectista. Un movimiento que responda a las necesidades reales de la población y no a necesidades creadas por sus líderes. Porque el chavismo que existe hoy en día no es de ninguna utilidad a nadie salvo a las nuevas élites que disfrutan de las mieles del poder. Es necesario que el chavismo que realmente representa las necesidades de la población dé un paso al frente y deje a un lado a los grupos con ambiciones hegemónicas que pretenden negar los derechos de la otra mitad del país.
Así mismo, es necesario que la oposición madure, que desarrolle una visión política propia, que sea más que una emulación del chavismo. Una visión de país que permita la elaboración de una propuesta que responda a las demandas de la población.
La política no puede limitarse a una competencia en la que unos se conforman con ser menos malos que la competencia. Debe ser una lucha por tratar de llevar las mejores ideas - y personas - a las posiciones de liderazgo de nuestro país.
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lunes, 1 de junio de 2009
ante la incertidumbre
La sensación de incertidumbre es tan desagradable para el hombre, que prefiere tener por cierta una falsa creencia antes que no tener nada a que aferrarse...
Las doctrinas políticas nacen de esta necesidad natural de reconfortarnos en un mundo donde la incertidumbre es la regla. Lamentablemente, esto hace que la política termine siendo una letal mezcla de 50% grandes mentiras y 50% vanas esperanzas.
No sería maravilloso si todo fuera tan simple como lo anuncian nuestros dirigentes políticos? Al revisar cualquier discurso de los políticos, poco parece importar si tiene o no idea sobre como afrontar la situación. Lo importante es que pueda transmitir seguridad a la población. La gente prefiere al orador elocuente, al demagogo por excelencia, en especial en situaciones críticas en las que la gente empieza a ser víctima de la desesperación, antes que oir las voces ponderadas que admiten que la incertidumbre es algo con lo que todos, TODOS tenemos que lidiar.
Las ideologías - esos constructos teóricos que pretenden explicarlo todo - siempre terminan siendo callejones sin salida que no llevan a ninguna parte. El socialismo o el liberalismo económico no han terminado por rendir los frutos prometidos, porque son doctrinas cuyas raíces no encuentran sustento en la realidad. El socialismo se empeña en imponer las necesidades del grupo sobre el individuo, cosa que es antinatural al hombre. El liberalismo, por su parte, pretende ignorar las dificultades políticas que trae la desigualdad social y económica. Y entre esas dos ideologías, la más tentadora de todas, no termina de cumplir sus promesas: la democracia.
Y es que la fé ciega en el sistema democrático también conlleva sus peligros. Ya desde sus orígenes más primitivos, distintos pensadores advertían contra el riesgo de que la democracia derivara en una oclocracia o una oligocracia. No obstante, poco parece importar eso a las personas que la defienden hoy sin reflexionar en estas desviaciones del ideal democrático.
También se advierte desde hace mucho contra el riesgo que representaba que las personas con talento para la oratoria - los demagogos - lograran manipular a la masa e imponer su opinión sobre la de personas mejor preparadas pero menos elocuentes.
Y es que en esta era moderna, donde la imagen parece ser lo más importante, nadie daría su voto a un candidato que dijera que no tiene las respuestas para todo, que el mundo es un sitio lleno de incertidumbres y que el tratará de tomar las mejores decisiones pero que no puede garantizar que no se equivocará porque no es un ser perfecto.
Al final, todo sistema político se basa en que el líder nos transmita la sensación de que tiene todo bajo control y que sabe lo que hace. Y al hacer eso, nos tratamos de dar una falsa sensación de seguridad ante un futuro que no podemos predecir. Una sensación de falsa seguridad, pero que necesitamos instintivamente para seguir con nuestras vidas.
Mientras tanto, seguimos en una carrera hacia el fondo, pero con la falsa sensación de seguridad que nos da el haber encontrado al elegido que nos sacará de las tinieblas. Y mientras más cerca del fondo estemos, más nos hará falta un ungido.
Las doctrinas políticas nacen de esta necesidad natural de reconfortarnos en un mundo donde la incertidumbre es la regla. Lamentablemente, esto hace que la política termine siendo una letal mezcla de 50% grandes mentiras y 50% vanas esperanzas.
No sería maravilloso si todo fuera tan simple como lo anuncian nuestros dirigentes políticos? Al revisar cualquier discurso de los políticos, poco parece importar si tiene o no idea sobre como afrontar la situación. Lo importante es que pueda transmitir seguridad a la población. La gente prefiere al orador elocuente, al demagogo por excelencia, en especial en situaciones críticas en las que la gente empieza a ser víctima de la desesperación, antes que oir las voces ponderadas que admiten que la incertidumbre es algo con lo que todos, TODOS tenemos que lidiar.
Las ideologías - esos constructos teóricos que pretenden explicarlo todo - siempre terminan siendo callejones sin salida que no llevan a ninguna parte. El socialismo o el liberalismo económico no han terminado por rendir los frutos prometidos, porque son doctrinas cuyas raíces no encuentran sustento en la realidad. El socialismo se empeña en imponer las necesidades del grupo sobre el individuo, cosa que es antinatural al hombre. El liberalismo, por su parte, pretende ignorar las dificultades políticas que trae la desigualdad social y económica. Y entre esas dos ideologías, la más tentadora de todas, no termina de cumplir sus promesas: la democracia.
Y es que la fé ciega en el sistema democrático también conlleva sus peligros. Ya desde sus orígenes más primitivos, distintos pensadores advertían contra el riesgo de que la democracia derivara en una oclocracia o una oligocracia. No obstante, poco parece importar eso a las personas que la defienden hoy sin reflexionar en estas desviaciones del ideal democrático.
También se advierte desde hace mucho contra el riesgo que representaba que las personas con talento para la oratoria - los demagogos - lograran manipular a la masa e imponer su opinión sobre la de personas mejor preparadas pero menos elocuentes.
Y es que en esta era moderna, donde la imagen parece ser lo más importante, nadie daría su voto a un candidato que dijera que no tiene las respuestas para todo, que el mundo es un sitio lleno de incertidumbres y que el tratará de tomar las mejores decisiones pero que no puede garantizar que no se equivocará porque no es un ser perfecto.
Al final, todo sistema político se basa en que el líder nos transmita la sensación de que tiene todo bajo control y que sabe lo que hace. Y al hacer eso, nos tratamos de dar una falsa sensación de seguridad ante un futuro que no podemos predecir. Una sensación de falsa seguridad, pero que necesitamos instintivamente para seguir con nuestras vidas.
Mientras tanto, seguimos en una carrera hacia el fondo, pero con la falsa sensación de seguridad que nos da el haber encontrado al elegido que nos sacará de las tinieblas. Y mientras más cerca del fondo estemos, más nos hará falta un ungido.
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viernes, 1 de mayo de 2009
Ideales y Poder – Primer Borrador
No recuerdo de quien leí esta cita:
“El político hace creer que sirve a los hombres cuando en realidad se sirve de ellos”
La dinámica del poder empieza por un cuerpo ideológico que puede ser más o menos vigoroso, sano, simétrico, atractivo, resistente, avejentado, etc; que se pone en movimiento empujado por la esencia y deseos de la persona política.
Todo proceso de maduración implica cierta renuncia. Lo que ha de hipotecar el individuo político para crecer y acceder a sus objetivos, la moneda de intercambio personal con la que cuenta, es su cuerpo ideológico. En el terreno partidista a esto lo conocemos como pactos. El recorrido de crecimiento de un político implica contravenir ideas en las que cree; pacta para acceder a una posición que le permita, tal vez al final, ser fiel a su cuerpo ideológico disponiendo de mayor poder a través del cual producir un “bien mayor”.
El agente político más efectivo es el que adolece de cuerpo ideológico y no tiene otro apego que sus objetivos. Él será capaz de pactarlo todo cada vez y contradecir posturas previas sin sufrimiento, porque ninguna ha sido honesta ni le ha descrito. Nada le describe realmente, cada uno de sus argumentos ha sido construido estratégicamente para acceder al poder. Hablamos de la esencia del pragmático. Quienes hemos experimentado alguna vez pasión por algunas ideas no podemos evitar sentir cierto rechazo por la constante impostura del pragmático, su vacío absoluto y su anestesiada hipocresía. Pero no creo que sea tan fácil despreciarle del todo. Si navegamos en un sistema cuyo fundamento es que los dirigentes satisfagan los deseos de las mayorías sin que importe nada más, (como por ejemplo la coherencia entre deseos diferentes o lo conveniente de sus consecuencias,) el pragmático lo conseguirá; y si no, contrataremos uno más eficiente a través de democráticas vías electorales. Lo que bien podríamos cuestionarnos es la naturaleza de un sistema cuyo fundamento más preponderante es la ciega satisfacción de los deseos de los ciudadanos.
Otro grueso grupo de políticos han de ser los adoloridos. Aquellos que han tenido que sacrificar órganos fundamentales de su cuerpo ideológico para acercarse al poder, y han tenido que ir pactando cosas cada vez más cercanas a sus principios, hasta que no sólo adoptan el pragmatismo más fundamental, sino que lo desarrollan con el venenoso dolor empozado del cínico. Estos son los adoloridos. Lo más duro de esta tipología es que para poder seguir a flote en el mundo del poder que tanto desean, no pueden ya sentir esa pena por la pérdida de los ideales en los que creían. A esas alturas “sentir” sería ablandarse y naufragar. Pero tampoco son capaces de sanar sus heridas, de manera que cobran al poder y al colectivo lo que las circunstancias les han exigido mutilar. Sus acciones se tornan descaradas, desalmadas y egoístas. Abandonan el bien común que en un principio habían abanderado acusando, puertas adentro, a la comunidad (a la sociedad o a la providencia) de haber machacado sus buenas intenciones y destruido su inocencia. En el fondo no se diferencian demasiado de los malos perdedores.
El poder es uno de esos complejos principios universales que no permiten competencia. Cuando hay sed de poder lo demás queda en segundo plano y la totalidad del individuo se orienta al objetivo. No se admiten disidencias internas, errores, cambios de opinión, emociones, disculpas, nada; todo lo que cuenta es el poder. Es, sin duda, uno de los símbolos más peligrosos de la humanidad. Es también uno de los más diabólicos; en el sentido de su posibilidad de presentar tentaciones que demandan sacrificios importantes. Si no existe conciencia del peso de lo sacrificado, el sufrimiento por las consecuencias puede resultar trágico, tanto para la persona política que se ha implicado en el juego como para el colectivo que le rodea.
Forma parte de la naturaleza del ser humano constituir una clase gubernamental cuya función sea afectar aspectos fundamentales de la convivencia y que se ubique por encima del resto de los ciudadanos. Los hechos nos dicen que, aunque es evidente a la razón que tal clase gubernamental es innecesaria, ha existido a lo largo de toda la historia y en todo remoto rincón de la tierra en el que haya habitado el ser humano.
Entonces alguien ha de ejercer el poder, alguien finalmente ha de dedicarse a ser un político. ¿Qué es lo único que necesita para serlo “correctamente”? Me arriesgo a responder que requeriría justamente aquello que los políticos por naturaleza no se pueden permitir: desapego. Un buen político es, ante todo y paradójicamente, alguien que desprecia un poco el poder; y no me refiero a que lo rechace públicamente para proyectar una imagen particular, sino que honestamente no ocupa una posición central en su dinámica personal. No se permite, sin embargo, resbaladizas ingenuidades: está consciente de que interactúa con un símbolo peligroso. Tiene ideales, cualesquiera, pero no está dispuesto ni a imponerlos como triunfantes y puntiagudas banderas, ni tampoco a pactar, o apresurarse porque el momento luzca “propicio” para actuar. Sufre cuando siente que las cosas no se dan como “deberían”, pero acepta que él ocupará una posición de importancia sí y sólo sí esto no implica una impostura personal. El camino del político habría de ser, entonces, algo así como el de los pacientes maestros budistas, a quienes se acercaban confundidos aprendices para exprimir enseñanzas de la vida. Todo auténtico maestro sabe que no lo es.
Esta tercera tipología sería el político alegre, que está dispuesto a ayudar en la medida en que esto no implique el sacrificio de su esencia privada, y que no se percibe a sí mismo como algo distinto de un ciudadano común.
He comentado sólo tres tipologías de un número desconocido de ellas. Más como una manera de acercarnos a la naturaleza de lo político que para desarrollar un esquema tipológico completo.
“El político hace creer que sirve a los hombres cuando en realidad se sirve de ellos”
La dinámica del poder empieza por un cuerpo ideológico que puede ser más o menos vigoroso, sano, simétrico, atractivo, resistente, avejentado, etc; que se pone en movimiento empujado por la esencia y deseos de la persona política.
Todo proceso de maduración implica cierta renuncia. Lo que ha de hipotecar el individuo político para crecer y acceder a sus objetivos, la moneda de intercambio personal con la que cuenta, es su cuerpo ideológico. En el terreno partidista a esto lo conocemos como pactos. El recorrido de crecimiento de un político implica contravenir ideas en las que cree; pacta para acceder a una posición que le permita, tal vez al final, ser fiel a su cuerpo ideológico disponiendo de mayor poder a través del cual producir un “bien mayor”.
El agente político más efectivo es el que adolece de cuerpo ideológico y no tiene otro apego que sus objetivos. Él será capaz de pactarlo todo cada vez y contradecir posturas previas sin sufrimiento, porque ninguna ha sido honesta ni le ha descrito. Nada le describe realmente, cada uno de sus argumentos ha sido construido estratégicamente para acceder al poder. Hablamos de la esencia del pragmático. Quienes hemos experimentado alguna vez pasión por algunas ideas no podemos evitar sentir cierto rechazo por la constante impostura del pragmático, su vacío absoluto y su anestesiada hipocresía. Pero no creo que sea tan fácil despreciarle del todo. Si navegamos en un sistema cuyo fundamento es que los dirigentes satisfagan los deseos de las mayorías sin que importe nada más, (como por ejemplo la coherencia entre deseos diferentes o lo conveniente de sus consecuencias,) el pragmático lo conseguirá; y si no, contrataremos uno más eficiente a través de democráticas vías electorales. Lo que bien podríamos cuestionarnos es la naturaleza de un sistema cuyo fundamento más preponderante es la ciega satisfacción de los deseos de los ciudadanos.
Otro grueso grupo de políticos han de ser los adoloridos. Aquellos que han tenido que sacrificar órganos fundamentales de su cuerpo ideológico para acercarse al poder, y han tenido que ir pactando cosas cada vez más cercanas a sus principios, hasta que no sólo adoptan el pragmatismo más fundamental, sino que lo desarrollan con el venenoso dolor empozado del cínico. Estos son los adoloridos. Lo más duro de esta tipología es que para poder seguir a flote en el mundo del poder que tanto desean, no pueden ya sentir esa pena por la pérdida de los ideales en los que creían. A esas alturas “sentir” sería ablandarse y naufragar. Pero tampoco son capaces de sanar sus heridas, de manera que cobran al poder y al colectivo lo que las circunstancias les han exigido mutilar. Sus acciones se tornan descaradas, desalmadas y egoístas. Abandonan el bien común que en un principio habían abanderado acusando, puertas adentro, a la comunidad (a la sociedad o a la providencia) de haber machacado sus buenas intenciones y destruido su inocencia. En el fondo no se diferencian demasiado de los malos perdedores.
El poder es uno de esos complejos principios universales que no permiten competencia. Cuando hay sed de poder lo demás queda en segundo plano y la totalidad del individuo se orienta al objetivo. No se admiten disidencias internas, errores, cambios de opinión, emociones, disculpas, nada; todo lo que cuenta es el poder. Es, sin duda, uno de los símbolos más peligrosos de la humanidad. Es también uno de los más diabólicos; en el sentido de su posibilidad de presentar tentaciones que demandan sacrificios importantes. Si no existe conciencia del peso de lo sacrificado, el sufrimiento por las consecuencias puede resultar trágico, tanto para la persona política que se ha implicado en el juego como para el colectivo que le rodea.
Forma parte de la naturaleza del ser humano constituir una clase gubernamental cuya función sea afectar aspectos fundamentales de la convivencia y que se ubique por encima del resto de los ciudadanos. Los hechos nos dicen que, aunque es evidente a la razón que tal clase gubernamental es innecesaria, ha existido a lo largo de toda la historia y en todo remoto rincón de la tierra en el que haya habitado el ser humano.
Entonces alguien ha de ejercer el poder, alguien finalmente ha de dedicarse a ser un político. ¿Qué es lo único que necesita para serlo “correctamente”? Me arriesgo a responder que requeriría justamente aquello que los políticos por naturaleza no se pueden permitir: desapego. Un buen político es, ante todo y paradójicamente, alguien que desprecia un poco el poder; y no me refiero a que lo rechace públicamente para proyectar una imagen particular, sino que honestamente no ocupa una posición central en su dinámica personal. No se permite, sin embargo, resbaladizas ingenuidades: está consciente de que interactúa con un símbolo peligroso. Tiene ideales, cualesquiera, pero no está dispuesto ni a imponerlos como triunfantes y puntiagudas banderas, ni tampoco a pactar, o apresurarse porque el momento luzca “propicio” para actuar. Sufre cuando siente que las cosas no se dan como “deberían”, pero acepta que él ocupará una posición de importancia sí y sólo sí esto no implica una impostura personal. El camino del político habría de ser, entonces, algo así como el de los pacientes maestros budistas, a quienes se acercaban confundidos aprendices para exprimir enseñanzas de la vida. Todo auténtico maestro sabe que no lo es.
Esta tercera tipología sería el político alegre, que está dispuesto a ayudar en la medida en que esto no implique el sacrificio de su esencia privada, y que no se percibe a sí mismo como algo distinto de un ciudadano común.
He comentado sólo tres tipologías de un número desconocido de ellas. Más como una manera de acercarnos a la naturaleza de lo político que para desarrollar un esquema tipológico completo.
miércoles, 29 de abril de 2009
no me defiendas compadre
Las cosas que hay que ver. El siguiente extracto es tomado del editorial del diario Tal Cual:
"En este momento están sometidos a juicio 85 dirigentes sindicales y activistas, todos pertenecientes a organizaciones laborales del petróleo y de las empresas de Guayana, sobre todo de Sidor.
Una revolución socialista que persigue al movimiento obrero y criminaliza las huelgas tiene de socialista solamente el nombre. Y como para hacer más evidentes los rasgos totalitarios, el gobierno revolucionario remata su campaña liberadora "socialista" anunciando que se van a eliminar los contratos colectivos.
Con un adalid de los obreros de tal calaña como aliado, mejor quedarse solo.
Entre los argumentos del defensor de los pobres (parece que los obreros ahora son unos burgueses privilegiados) destaca aquel de que no le va a quitar dinero a programas como "Madres del Barrio" para saciar las ambiciones desmedidas de los sindicatos. Pareciera que se olvida del dinero que se gasta en generosos regalos a otros países, entre los que destacan casas a Bolivia, tractores a Nicaragua y petróleo a cuanta isla exista en el Mar Caribe.
Y es que cuando el estado es dueño de la empresa, a quien puede recurrir el trabajador para reclamar un trato injusto? A nadie, pues el árbitro es también parte interesada. El gobierno se paga y se da el vuelto.
Esa es la cara fea del socialismo sobre la que no hablan los ideologos y pensadores del socialismo del siglo XXI. Y es que cuando se trata con embaucadores y leguleyos de ese calibre, hay que tener mucho cuidado con la letra pequeña del contrato...
"En este momento están sometidos a juicio 85 dirigentes sindicales y activistas, todos pertenecientes a organizaciones laborales del petróleo y de las empresas de Guayana, sobre todo de Sidor.
De hecho, hoy 29 de abril, dos días antes del 1º de Mayo, tres de esos dirigentes y once trabajadores más, de una contratista de Sidor, serán sentenciados en el juicio que se les abrió. ¿El “delito” que los llevó al paredón judicial? La violación del artículo 56 de la Ley Orgánica de Seguridad de la Nación, que castiga hasta con diez años de prisión a todo aquel que realice movilizaciones (en este caso, obreras) en las inmediaciones de sedes estatales o gubernamentales, de empresas básicas, de guarniciones militares y de servicios públicos”.
Una revolución socialista que persigue al movimiento obrero y criminaliza las huelgas tiene de socialista solamente el nombre. Y como para hacer más evidentes los rasgos totalitarios, el gobierno revolucionario remata su campaña liberadora "socialista" anunciando que se van a eliminar los contratos colectivos.
Con un adalid de los obreros de tal calaña como aliado, mejor quedarse solo.
Entre los argumentos del defensor de los pobres (parece que los obreros ahora son unos burgueses privilegiados) destaca aquel de que no le va a quitar dinero a programas como "Madres del Barrio" para saciar las ambiciones desmedidas de los sindicatos. Pareciera que se olvida del dinero que se gasta en generosos regalos a otros países, entre los que destacan casas a Bolivia, tractores a Nicaragua y petróleo a cuanta isla exista en el Mar Caribe.
Y es que cuando el estado es dueño de la empresa, a quien puede recurrir el trabajador para reclamar un trato injusto? A nadie, pues el árbitro es también parte interesada. El gobierno se paga y se da el vuelto.
Esa es la cara fea del socialismo sobre la que no hablan los ideologos y pensadores del socialismo del siglo XXI. Y es que cuando se trata con embaucadores y leguleyos de ese calibre, hay que tener mucho cuidado con la letra pequeña del contrato...
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domingo, 26 de abril de 2009
El ciudadano y la acción política
Estamos preparados para la vida ciudadana? Los eventos de los últimos años parecen demostrarnos que no...
En educación ciudadana se nos instruye sobre la constitución y las leyes, pero no se trasmiten valores democráticos que vayan más allá del acto electoral. No se explica al futuro ciudadano cual debe ser su papel dentro del sistema, como puede contribuir como ciudadano a cambiar las cosas cuando no funcionen. Este es un tema discutido por Bernard Crick en Democracy, a very short introduction, en donde sugiere la transformación del programa de estudio con la finalidad de forma a un ciudadano más crítico y capaz de participar en la toma de decisiones dentro del sistema político.
Por qué la enseñanza de la constitución y las leyes no es suficiente? Porqué esto no garantiza que el ciudadano comprenda los medios de los que dispone para interactuar con los distintos niveles del estado. Esto deriva en la apatía e indiferencia ante la política y a una ciudadanía desinformada, incapaz de participar de forma efectiva en las elecciones o en cualquier nivel de gobierno. El adoctrinamiento ideológico que podrían pretender los fanáticos de una u otra tendencia política no debe jugar ningún papel en este proceso formativo, pues es contrario al objetivo que se persigue.
Cuando el ciudadano no entiende su papel (o potencial) dentro del sistema político, se limita a ocuparse de sus asuntos personales y se desentiende de la política y de su entorno, delegando de forma casi absoluta las responsabilidades del gobierno a una élite con la que tiene poca o ninguna conexión real. Y es que el ciudadano no debería limitarse a escoger a sus representantes, sino también a velar porque estas élites cumplan con su trabajo y, más importante aún, a proteger sus intereses personales y colectivos ante el estado.
Quizás temas como hacer de Caracas una ciudad más humana, la corrupción policial, la miseria de nuestras cárceles o las deficiencias de nuestro sistema educativo no sean temas tan vistosos como decidir si somos o no un país socialista, o si vamos a hacer polvo a los conspiradores y pitiyanquis, pero son los temas que nos deberían movilizar a nosotros los ciudadanos.
Los ciudadanos debemos rescatar esa política "pequeña", esa política que sirve como instrumento de resolución de conflictos y de mejora de nuestras condiciones de vida. Cuando la democracia y la política se alejan del ciudadano y sus necesidades, estas dejan de tener sentido, pues se terminan convirtiendo en instrumentos de los poderososy nada más.
En educación ciudadana se nos instruye sobre la constitución y las leyes, pero no se trasmiten valores democráticos que vayan más allá del acto electoral. No se explica al futuro ciudadano cual debe ser su papel dentro del sistema, como puede contribuir como ciudadano a cambiar las cosas cuando no funcionen. Este es un tema discutido por Bernard Crick en Democracy, a very short introduction, en donde sugiere la transformación del programa de estudio con la finalidad de forma a un ciudadano más crítico y capaz de participar en la toma de decisiones dentro del sistema político.
Por qué la enseñanza de la constitución y las leyes no es suficiente? Porqué esto no garantiza que el ciudadano comprenda los medios de los que dispone para interactuar con los distintos niveles del estado. Esto deriva en la apatía e indiferencia ante la política y a una ciudadanía desinformada, incapaz de participar de forma efectiva en las elecciones o en cualquier nivel de gobierno. El adoctrinamiento ideológico que podrían pretender los fanáticos de una u otra tendencia política no debe jugar ningún papel en este proceso formativo, pues es contrario al objetivo que se persigue.
Cuando el ciudadano no entiende su papel (o potencial) dentro del sistema político, se limita a ocuparse de sus asuntos personales y se desentiende de la política y de su entorno, delegando de forma casi absoluta las responsabilidades del gobierno a una élite con la que tiene poca o ninguna conexión real. Y es que el ciudadano no debería limitarse a escoger a sus representantes, sino también a velar porque estas élites cumplan con su trabajo y, más importante aún, a proteger sus intereses personales y colectivos ante el estado.
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Quizás temas como hacer de Caracas una ciudad más humana, la corrupción policial, la miseria de nuestras cárceles o las deficiencias de nuestro sistema educativo no sean temas tan vistosos como decidir si somos o no un país socialista, o si vamos a hacer polvo a los conspiradores y pitiyanquis, pero son los temas que nos deberían movilizar a nosotros los ciudadanos.
Los ciudadanos debemos rescatar esa política "pequeña", esa política que sirve como instrumento de resolución de conflictos y de mejora de nuestras condiciones de vida. Cuando la democracia y la política se alejan del ciudadano y sus necesidades, estas dejan de tener sentido, pues se terminan convirtiendo en instrumentos de los poderososy nada más.
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jueves, 23 de abril de 2009
Cuando la letra no entra a pesar de la sangre.
Chávez ha sido el primer y más duro profesor de la oposición.
Cada error que ha cometido la oposición ha significado un re-fortalecimiento del proyecto revolucionario. El paro petrolero, el retiro de las candidaturas parlamentarias hace unos años, las innumerables divisiones internas. Casi cada movimiento ha resultado incorrecto y aprovechado por el gobierno para profundizar su poder.
Son fracasos cuya lectura reflexiva es el áspero aprendizaje del contacto con la realidad. Adicionalmente es una ayuda invaluable porque evita que la oposición caiga en atajos que, a la luz de la evidencia, resultan ineficientes o contraproducentes.
Chávez sólo se irá cuando maduremos una alternativa adecuada. Desgraciadamente hasta ahora no ha existido ni siquiera el proyecto de tal alternativa. No ha habido mucho más que desesperación, borradores reactivos al discurso semanal, vacuo y desconcertante del presidente, denuncias acaloradas y mal planteadas, en medio de ese odio apasionado, absoluto y extremo que empaña todo argumento.
A pesar de los errores, los despropósitos y el evidente empeoramiento en la vida del venezolano (que al fin y al cabo es lo que importa) el presidente ha ayudado a la oposición a madurar, a adoptar una postura más política y no solo a reaccionar lastimosa y malcriadamente. Aunque es cierto que es un camino que apenas empezamos y que desconocemos.
La oposición no tiene más que hacer conciencia de su ubicación para dejar de ser simple “oposición” y convertirse en un constructor de soluciones. Pero ¿cómo apagar el fuego y al tiempo atacar aquello que lo origina? Éste es el dilema ¿Cómo denunciar los cada vez más evidentes abusos de poder sin descuidar la elaboración de un proyecto alternativo de gobierno?
En especial ante la simple pero efectiva estrategia chavista: Cuando los sectores oficiales necesitan presionar a la oposición y desbaratar cualquier semilla política medianamente elaborada, sólo tienen que dejar emerger sus intenciones poco democráticas, es decir, dejar caer pasivamente su naturaleza agresiva y violenta. Cosa que genera el escándalo del opositor, la reacción desordenada y la desesperación por transmitir una denuncia que sentimos suficiente para salir del problema en un solo movimiento. Chávez ha de reírse desde arriba mientras nos desbocamos por convencer a la gente de lo evidente. Porque nos debilitamos como opción alternativa si nos limitamos al reproche. De este modo suceden dos cosas:
Uno: la colectividad se cansa de otra acusación que termina en nada. La denuncia en general va perdiendo fuerza comunicativa y el ciudadano reacciona cada vez menos ante la evidencia del abuso. Y dos: queda abonado el terreno para que el círculo se repita, es decir, para que el siguiente abuso resulte casi avalado por la exasperación infértil de la oposición. Entendamos que es un asunto de guiones repetidos; no hacemos más que jugar en el terreno chavista y ser un perfecto compañero de baile.
Resulta vital adoptar cierta perspectiva y ubicarse en dos localizaciones al mismo tiempo: la denuncia ponderada, objetiva, ordenada y constante; que no asume que el problema se resolverá a corto plazo, sino que deja claro que siempre existirá vigilancia y crítica opositora. Y la construcción de una propuesta creativa y democrática en Venezuela. Un proyecto que no se fundamente sencillamente en odio contenido y desesperación por años de abusos; sino en ideas políticas y sociales que ayuden al venezolano a vivir mejor.
Ha de ser una prioridad opositora la coordinada y delicada elaboración de esta alternativa, en lugar de permitirse caer en la trampa del alarmismo ante las ilegales políticas oficiales. Parte de la labor de denuncia puede ser relegada incluso al mismo chavismo, que, dada la coyuntura económica, más pronto que tarde empezará a ejecutar canibalismo interno.
La respuesta ante los abusos ha de ser cada vez más una propuesta gubernamental distinta y cada vez menos un movimiento expresivo de crispación. Mientras antes retome la oposición los métodos y el discurso democrático y republicano antes lo hará el país en general. Con lo cual será mucho más sencillo hacer contrapeso a la absolutista dinámica autocracia-obediencia en la que estamos participando todos sin saberlo.
Cada error que ha cometido la oposición ha significado un re-fortalecimiento del proyecto revolucionario. El paro petrolero, el retiro de las candidaturas parlamentarias hace unos años, las innumerables divisiones internas. Casi cada movimiento ha resultado incorrecto y aprovechado por el gobierno para profundizar su poder.
Son fracasos cuya lectura reflexiva es el áspero aprendizaje del contacto con la realidad. Adicionalmente es una ayuda invaluable porque evita que la oposición caiga en atajos que, a la luz de la evidencia, resultan ineficientes o contraproducentes.
Chávez sólo se irá cuando maduremos una alternativa adecuada. Desgraciadamente hasta ahora no ha existido ni siquiera el proyecto de tal alternativa. No ha habido mucho más que desesperación, borradores reactivos al discurso semanal, vacuo y desconcertante del presidente, denuncias acaloradas y mal planteadas, en medio de ese odio apasionado, absoluto y extremo que empaña todo argumento.
A pesar de los errores, los despropósitos y el evidente empeoramiento en la vida del venezolano (que al fin y al cabo es lo que importa) el presidente ha ayudado a la oposición a madurar, a adoptar una postura más política y no solo a reaccionar lastimosa y malcriadamente. Aunque es cierto que es un camino que apenas empezamos y que desconocemos.
La oposición no tiene más que hacer conciencia de su ubicación para dejar de ser simple “oposición” y convertirse en un constructor de soluciones. Pero ¿cómo apagar el fuego y al tiempo atacar aquello que lo origina? Éste es el dilema ¿Cómo denunciar los cada vez más evidentes abusos de poder sin descuidar la elaboración de un proyecto alternativo de gobierno?
En especial ante la simple pero efectiva estrategia chavista: Cuando los sectores oficiales necesitan presionar a la oposición y desbaratar cualquier semilla política medianamente elaborada, sólo tienen que dejar emerger sus intenciones poco democráticas, es decir, dejar caer pasivamente su naturaleza agresiva y violenta. Cosa que genera el escándalo del opositor, la reacción desordenada y la desesperación por transmitir una denuncia que sentimos suficiente para salir del problema en un solo movimiento. Chávez ha de reírse desde arriba mientras nos desbocamos por convencer a la gente de lo evidente. Porque nos debilitamos como opción alternativa si nos limitamos al reproche. De este modo suceden dos cosas:
Uno: la colectividad se cansa de otra acusación que termina en nada. La denuncia en general va perdiendo fuerza comunicativa y el ciudadano reacciona cada vez menos ante la evidencia del abuso. Y dos: queda abonado el terreno para que el círculo se repita, es decir, para que el siguiente abuso resulte casi avalado por la exasperación infértil de la oposición. Entendamos que es un asunto de guiones repetidos; no hacemos más que jugar en el terreno chavista y ser un perfecto compañero de baile.
Resulta vital adoptar cierta perspectiva y ubicarse en dos localizaciones al mismo tiempo: la denuncia ponderada, objetiva, ordenada y constante; que no asume que el problema se resolverá a corto plazo, sino que deja claro que siempre existirá vigilancia y crítica opositora. Y la construcción de una propuesta creativa y democrática en Venezuela. Un proyecto que no se fundamente sencillamente en odio contenido y desesperación por años de abusos; sino en ideas políticas y sociales que ayuden al venezolano a vivir mejor.
Ha de ser una prioridad opositora la coordinada y delicada elaboración de esta alternativa, en lugar de permitirse caer en la trampa del alarmismo ante las ilegales políticas oficiales. Parte de la labor de denuncia puede ser relegada incluso al mismo chavismo, que, dada la coyuntura económica, más pronto que tarde empezará a ejecutar canibalismo interno.
La respuesta ante los abusos ha de ser cada vez más una propuesta gubernamental distinta y cada vez menos un movimiento expresivo de crispación. Mientras antes retome la oposición los métodos y el discurso democrático y republicano antes lo hará el país en general. Con lo cual será mucho más sencillo hacer contrapeso a la absolutista dinámica autocracia-obediencia en la que estamos participando todos sin saberlo.
jueves, 16 de abril de 2009
La Adolescencia Política
No es la primera vez que se escribe: La oposición ha sido el gran aliado de Chávez, el benefactor secreto aunque involuntario.
Como crítico del chavismo siempre duele vislumbrar y exponer los beneficios del adversario, pero cada vez me ofende menos aceptar que Chávez es tan necesario como inevitable. No me refiero, desde luego, a las políticas que ha emprendido ni a sus resultados que son claramente contrarios al más elemental bienestar en la convivencia, sino al conflicto que pone sobre la mesa. Chávez es producto de lo que pareciera ser una crisis de hartazgo en la sociedad venezolana hace más de diez años, que después de un gran período de letargo empezó a reprocharse a sí misma mayor seriedad y madurez política, independientemente de que lo haya logrado o no.
No es mi intención despreciar el denso recorrido histórico que la colectividad venezolana ha transitado desde hace más de doscientos años, en la batalla por construir un sistema de gobierno. Pero sí es evidente que los tan machacados por Chávez y ciertamente reprobables años de “democracia” que vivió Venezuela prechavista no podían concluir en algo demasiado distinto de lo que ahora sufrimos. Era sólo cuestión de tiempo que una tragedia siguiese a tanta inconsciencia, falsa ingenuidad y cómoda infantilidad.
Han de ser pocos los desesperados que deseen volver a aquellos tiempos de cinismo y corrupción. No porque ahora estemos mejor, en lo más mínimo, sino porque era inadmisible seguir por esa vía. En aquel momento Chávez no robó nada a los venezolanos, al contrario, nos brindó la esperanza de que algo diferente era posible, aunque luego nos decepcionara. Como dijo Laureano Márquez hace años en una entrevista de televisión “¿Es que nosotros pensábamos seguir con ese jueguito de AD y COPEI toda la vida?” De cualquier manera el retorno al paraíso perdido es imposible. En mi opinión es una bendición que sea imposible, en primer lugar porque no era ni remotamente paradisíaco, y en segundo porque la imposibilidad de regresar nos obliga a trabajar por un futuro inédito.
Tristemente este cambio de posición, movimiento o desarrollo no hubiese sido posible sin Chávez, o tal vez sí, pero en medio del furor adolescente por el cambio se comenten errores, como en el que ahora nos encontramos sumergidos. Cuando un púber se reclama a sí mismo mayor madurez, sin tenerla, no puede generar más que un desastre de las proporciones que actualmente vivimos. Pero aún así este movimiento de autocrítica e inquietud ante el propio letargo e indolencia es mucho más fértil que si continuáramos embriagados del opio de la esperanza injustificada, de la rosada idea de que todo cambiará en algún momento y por alguna razón.
En otras oportunidades he asegurado que no necesitamos un caudillo. No es lo mismo que no requerir liderazgo. En realidad nos hace falta organización e iniciativa; una dirigencia que colabore en canalizar las intensas fuerzas opositoras es fundamental. Es muy probable que no caigamos en un liderazgo egocéntrico y autocrático, sino en la elección de una o varias personalidades que mantengan una postura dialogante y parlamentaria con todos los sectores. Esperemos que hayamos aprendido que un caudillo no sólo no resuelve nuestros problemas de un plumazo, sino que nos proporciona nuevos y más complejos escollos.
Como crítico del chavismo siempre duele vislumbrar y exponer los beneficios del adversario, pero cada vez me ofende menos aceptar que Chávez es tan necesario como inevitable. No me refiero, desde luego, a las políticas que ha emprendido ni a sus resultados que son claramente contrarios al más elemental bienestar en la convivencia, sino al conflicto que pone sobre la mesa. Chávez es producto de lo que pareciera ser una crisis de hartazgo en la sociedad venezolana hace más de diez años, que después de un gran período de letargo empezó a reprocharse a sí misma mayor seriedad y madurez política, independientemente de que lo haya logrado o no.
No es mi intención despreciar el denso recorrido histórico que la colectividad venezolana ha transitado desde hace más de doscientos años, en la batalla por construir un sistema de gobierno. Pero sí es evidente que los tan machacados por Chávez y ciertamente reprobables años de “democracia” que vivió Venezuela prechavista no podían concluir en algo demasiado distinto de lo que ahora sufrimos. Era sólo cuestión de tiempo que una tragedia siguiese a tanta inconsciencia, falsa ingenuidad y cómoda infantilidad.
Han de ser pocos los desesperados que deseen volver a aquellos tiempos de cinismo y corrupción. No porque ahora estemos mejor, en lo más mínimo, sino porque era inadmisible seguir por esa vía. En aquel momento Chávez no robó nada a los venezolanos, al contrario, nos brindó la esperanza de que algo diferente era posible, aunque luego nos decepcionara. Como dijo Laureano Márquez hace años en una entrevista de televisión “¿Es que nosotros pensábamos seguir con ese jueguito de AD y COPEI toda la vida?” De cualquier manera el retorno al paraíso perdido es imposible. En mi opinión es una bendición que sea imposible, en primer lugar porque no era ni remotamente paradisíaco, y en segundo porque la imposibilidad de regresar nos obliga a trabajar por un futuro inédito.
Tristemente este cambio de posición, movimiento o desarrollo no hubiese sido posible sin Chávez, o tal vez sí, pero en medio del furor adolescente por el cambio se comenten errores, como en el que ahora nos encontramos sumergidos. Cuando un púber se reclama a sí mismo mayor madurez, sin tenerla, no puede generar más que un desastre de las proporciones que actualmente vivimos. Pero aún así este movimiento de autocrítica e inquietud ante el propio letargo e indolencia es mucho más fértil que si continuáramos embriagados del opio de la esperanza injustificada, de la rosada idea de que todo cambiará en algún momento y por alguna razón.
En otras oportunidades he asegurado que no necesitamos un caudillo. No es lo mismo que no requerir liderazgo. En realidad nos hace falta organización e iniciativa; una dirigencia que colabore en canalizar las intensas fuerzas opositoras es fundamental. Es muy probable que no caigamos en un liderazgo egocéntrico y autocrático, sino en la elección de una o varias personalidades que mantengan una postura dialogante y parlamentaria con todos los sectores. Esperemos que hayamos aprendido que un caudillo no sólo no resuelve nuestros problemas de un plumazo, sino que nos proporciona nuevos y más complejos escollos.
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